Aproximación a la definición de silencio

El concierto va a comenzar. Los espectadores, sentados ya, aguardan tranquilos en las butacas rojas. Se han apagado todas las luces. Enseguida se oye toser a alguien. Cuentas de collares que chocan, besos apagados, muelles forzados de los asientos viejos. Otros, los que llegan tarde, corretean por los pasillos de los anfiteatros intentando no hacer más ruido que el que provocan sus suelas nuevas. Muchos insisten haciendo un shhhh para hacer callar a los demás aunque no estén hablando. Seguidamente, la orquesta  comienza a afinar. El primer movimiento de un concierto finaliza y se oyen molestos aplausos sueltos, luego interrumpidos, de los no experimentados. De nuevo shhhh. La música termina. El director provoca un roce de camisa blanca al bajar los brazos. 

Ovaciones y aplausos infinitos. Queda el eco en la sala de los que acaban de salir. El teatro nunca ha permanecido silencioso. Los carteles que dictan SE RUEGA SILENCIO sólo pretenden o consiguen que se haga el menor ruido posible.

Se vuelven a ordenar los decorados de las escenas. Se arrastran algunas sillas. Suena un seco SILENCIO, SE RUEDA y luego el clac que señala la toma. Se oyen los delicados mecanismos de los aparatos ópticos. Los diálogos entre personajes irán acompañados de melodía para cuando el espectador observe el resultado en la pantalla grande. En escenas exteriores se percibe, involuntario, sin guión, el canto de los pájaros, el croar de las ranas, la corriente de un río. No hay silencio, nunca hay silencio.

Alguien necesita unos días de descanso. Buscará un lugar en el campo, aislado de todo, silencioso. Es verano y por el día las cigarras llenan con su canto el aire luminoso y cortante. A lo lejos, el baile festivo de los pinos empujados por el viento, lento y monocorde. Hay tanto silencio que hasta alcanza a oír el aleteo de las mariposas, al tiempo que detiene sus pisadas para apartar el ruido de la tierra seca. De noche, en soledad, buscando el sueño, sus oídos se conectan a su corazón, que late con más fuerza que nunca. No hay relojes ni campanas. El ritmo de su respiración tranquila es ahora la medida de tiempo. La madera de la cama cruje al acostarse, al dar una vuelta, al incorporarse. Crujen también las sábanas de algodón recién planchadas. Ni en sueños hay silencio; en ellos también se reproducen los sonidos de la vida y las propias voces, como en un espejo. Al alba, canta un gallo. No hay silencio, nunca lo ha habido.

“Quizás hubo silencio cuando el mundo existía sin nosotros.

Quizás sólo los sordos y los muertos puedan escucharlo”.