En algún lugar de la tierra de nuestro pasado…

En los valles profundos, entre las montañas oscuras y azotadas por la lluvia de la costa oeste, hay pocas cosas que hacer en una noche invernal cuando uno pertenece a un pueblo derrotado. Vencido, asustando y con el corazón triste, uno se arrebuja en su capa raída, sentado en torno a las grandes hogueras, y sueña con un mañana que nunca llegará. Las mujeres cuidan de sus hijos que lloran y anhelan unas cabañas cálidas y un mundo en que la leche abunde siempre; los jóvenes guerreros afilan las lanzas romas y rezan por una sola victoria contra los hombres del mar; mientras los ancianos recuerdan una época en la que el cielo nocturno estaba libre de fuegos que revelaran poblados ardiendo, y en la que había paz en las tierras de las que han sido exiliados para siempre.

Las conversaciones sobre el futuro mueren con las chispas que se alzan de las cenizas calientes, y los ancianos de la tribu cuentan historias del pasado. La desesperación y el miedo retroceden un poco en la oscuridad, y la curiosidad y la esperanza ocupan su lugar cuando las gratas historias vuelven a contarse por centésima vez. Tal vez un hombre anciano a quien nadie conoce relatará una historia nueva, y los vencidos lo escucharán en silencio. Oirán la historia nueva, y los vencidos lo escucharán en silencio. Oirán la historia de la gran conspiración al otro lado del Muro, y de un hombre sin cabello que tuvo la desgracia de convertirse en dios. Oirán la historia del soldado que llevó el mensaje de un emperador a través de media Europa en una mano cortada; y, por primera vez, también oirán la historia de cómo la última de las Águilas fue destruida por un río de hielo.

Leído en la ciudad de Málaga, en 2007