EL ESPÍRITU DEL VALLE NO MUERE

  • El espíritu del valle no muere; se le llama la Madre mística.
  • La puerta de la Madre mística es la fuente de toda realidad.
  • Esta manifestación dura eternamente, parece tener una existencia ininterrumpida.
  • Seguid este río de vida y no tendréis ninguna necesidad de inquietaros.

Tao Te King, capítulo 6

El espíritu del valle es el símbolo del santuario del corazón, el centro del microcosmos. Es la Madre mística, el capullo de la rosa, el átomo original. Este símbolo no debe asombrarnos o parecernos complicado pues aparece a menudo en la Biblia. En Ezequiel, capítulo 3, por ejemplo podemos leer:

«Me levanté y fui al valle y he aquí que la gloria del Eterno apareció allí, cerca del río Kebar, tal como jamás la había visto». El Kebar es la aorta; el sentido de esta palabra está por tanto claro para nosotros. Si la busca, se dará cuenta de que encontrará a menudo esta misma imagen. En otro pasaje del Libro de Ezequiel se habla del valle de los huesos. Descendiendo por este valle, el profeta ve que la verdadera vida está allí totalmente muerta y que ella puede volver a manifestarse allí por medio de la fuerza divina.

El espíritu del valle no muere jamás. Todos los que tienen en ellos un capullo de rosa, un átomo original, llevan en sí la inmortalidad. El espíritu del valle es un espíritu séptuple, así como el átomo original es también séptuple.

La Enseñanza universal nos dice que el corazón es el órgano más importante del cuerpo. Se puede decir que el corazón es «el señor del cuerpo». Con ciertos cuidados, el corazón tiene la capacidad de vivir todavía un cierto tiempo tras la muerte de la personalidad, y el punto del corazón que muere el último es la sede de la vida. Debemos considerar esta muerte como la retirada de algo inmortal. La sede de la vida es el «espíritu del valle».

Este átomo original, este capullo de rosa, esta sede de la vida verdadera, encierra el poder del pensamiento, la vida, la energía y la voluntad; irradia los colores ígneos e irisados del prisma. Esto es conocido, generalmente, por los iniciados y resulta evidente que en un ser, en el que el capullo de rosa está efectivamente abierto, se ve, en la radiación de la rosa, la profundidad del resplandor irisado y la potencia luminosa.

 En este caso, Dios, el espíritu del valle, le habla. Hablar con Dios en el valle implica una unión con el campo magnético gnóstico, una unión con el nuevo campo de vida, y radiaciones ardientes e irisadas del prisma, que abrazan a todo el microcos­mos, expresan la existencia y la fuerza de la Gnosis en el hombre. Es la palabra que Dios dirige interiormente al hombre dialéctico. Y esta palabra, estas radiaciones explican el completo cambio transfigurístico.

La curación proviene del trabajo que se efectúa en la sede de la verdadera vida, y la razón por la que se habla de Madre mística en el Tao Te King es por consiguiente evidente. Al igual que la madre engendra al niño, el hombre nuevo surge de la sede de la vida. La puerta de la Madre mística es la fuente de toda realidad.

El nuevo pensamiento, la nueva vida, la nueva energía vital y la nueva voluntad deben nacer en el corazón. Toda vida pretendidamente nueva, generada por el santuario de la cabeza, no podría ser ni renovadora ni liberadora. Comprenda que lo que usted piensa, quiere, formula y concibe de manera habitual, posiblemen­te con las mejores intenciones del mundo, proviene de la fuente ordinaria del yo. En el corazón descubrimos al único Dios que se nos manifiesta, según las palabras de Jesús el Señor: «El Reino de Dios está dentro de vosotros». Así pues, el corazón debe vencer a la cabeza, como nos lo enseña la escuela continuamente.

Si toma otro camino, el camino opuesto, seguirá la vía del ocultismo, se fijará a la rueda del nacimiento y de la muerte. Por ello la conciencia de la naturaleza ordinaria debe abandonar­se al Dios manifestado en nosotros, a la Madre mística.

Jesús dijo: «Yo estoy en la puerta y llamo». Esta puerta se encuentra en el valle de la vida, en el santuario del corazón. Quien no quiere abrir esta puerta se encadena a la naturaleza y Dios no puede hablarle en el valle.

El alumno que entra por esta puerta única, la puerta de la Madre mística, descubre no solamente que la fuente de la realidad se encuentra tras esta puerta, sino también que la manifestación que se inicia aquí durará eternamente. De lo que evidentemente extrae conclusiones irrefutables.

Algunas personas dan al concepto de «eternidad» el signifi­cado de duración sin fin; por consiguiente esto sería un estado del tiempo. Pero quien franquea la puerta de la Madre mística es liberado del espacio-tiempo, entrando en un campo de radiaciones electromagnéti­cas completamente diferentes, en un campo de vida totalmente distinto. Es necesario que comprenda que usted tiene, en si mismo, el inmortal «espíritu del valle», que no le abandonará mientras usted yerre en el espacio-tiempo. Es Dios cautivo, Prometeo encadenado. Dios en usted quiere llegar a ser la Madre mística. Y, ahora, usted sabe que la puerta que le conduce a ella es la fuente de toda realidad y la liberación eterna del espacio-tiempo.

El espíritu del valle le habla; contiene en él el poder mental, la vida, la energía y la voluntad. Su orden es perfecto y le habla desde el fondo de su prisión, como la esfinge al joven príncipe Tutmés: «Mírame, hijo mío, y ve mis cadenas». Despierta en usted la angustia de la falta, la angustia de la miseria de su existencia.

La voz de la conciencia emana del corazón; es la voz del espíritu del valle. Y ahora no hay más que una sola incitación, una única posibilidad de que esté en su sitio -la cual le es transmitida por el Tao Te King: Siga este río de vida y no tendrá ninguna necesidad de inquietarse.

¿Comprende estas palabras, liberadoras por excelencia? Si quiere comprenderlas, siga con nosotros el itinerario que conduce al fondo del corazón, «el señor del cuerpo», y que su yo biológico, su yo animal se rinda a la vida que mora en el valle. En él fluye un río de vida, una corriente de fuego irisado que presenta todos los colores, pero de un neto resplandor azul-oro. Arrójese a esa corriente en total auto-rendición. Que el ser divino, y no el yo animal, hable en usted y gobierne el microcos­mos. Entonces no tendrá ninguna necesidad de inquietarse.

Considere que, en su personalidad, existen dos órganos de conciencia directores, un órgano que usted conoce y que le hace decir «yo», y un órgano mucho más poderoso que usted no conoce. Es a este segundo yo, al alma, al alter ego, al que debe transmitir ahora la dirección. Puede hacerlo. Y si lo hace, ya no tendrá necesidad de inquietarse. Todas estas agotadoras tensiones, esta corriente de sufrimientos y miserias le resbala; sus problemas se resuelven de una u otra manera. Usted, el yo nacido de la naturaleza, no tiene ya necesidad de inquietarse pues el Otro se activa en usted.

No vean esto como una incitación a la pereza o a dejarse llevar, no lo tome en sentido negativo sino en el de las palabras del Sermón de la Montaña: «Buscad primero el Reino de Dios» -que está en vosotros- «y todo lo demás os será dado por añadidura» Usted vivirá y experimentará la vida de una manera nueva; estará en el mundo pero ya no será de este mundo.

Por la puerta de la Madre mística encontrará una nueva realidad, entrará y pertenecerá a la nueva raza, la raza del pueblo de Dios.