LA INICIACIÓN:

Por Eduardo Alfonso (1952) Médico psiquiatra de la Universidad de Madrid; Miembro del Consejo de Investigaciones de la «Emerson University» de los Ángeles; Miembro honorario de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, y Profesor de Biología y Física de la Universidad y el Junior College de Puerto Rico.

Iniciar es comenzar

Un iniciado no es un hombre perfecto, sino uno que ha comenzado el camino de una disciplina de superación en cualquier aspecto de la vida y se encuentra más o menos avanzado en su camino (1).

Es decir, el hombre iniciado ha dejado de ser una nave sin timón, juguete-del mar proceloso formado por las circunstancias de la vida, para ser un individuo que quiere y sabe dónde va. Es el forjador consciente de su Destino futuro, por medio de una disciplina que gobierna las tendencias de su naturaleza egoísta o personal.

Todo hombre que cultiva un ideal, es en cierto modo un iniciado.Y esto es verdadero hasta en aspecto más burdamente materialista. El que quiere ser un buen boxeador se ve obligado a seguir una disciplina referente a alimentación, ahorro sexual, descanso, entrenamiento, morigeración de costumbres, represión de ciertos vicios, etc., que supone el sacrificio de los deseos y caprichos de la naturaleza instintiva y pasional, en aras de una finalidad que ha trascendido de cierta manera y se sobrepone al egoísmo personal.

El cultivo de cualquier ideal supone sacrificio; pero aquí me voy a referir solamente a lo que específicamente se llama iniciación, como disciplina para una superación espiritual; es decir, a la iniciación religiosa.

Desde los tiempos más antiguos conocidos por la historia y la leyenda, toda doctrina de filosofía religiosa ha ido acompañada de un código de preceptos morales y de una disciplina destinada a realizar el perfeccionamiento espiritual del hombre.  El objetivo final de esta disciplina ha sido siempre la consecución de la virtud, o sea del dominio de la naturaleza inferior o instintiva por la naturaleza superior o espiritual; lo cual supone la realización de lo d vino en lo humano, o dicho de otro modo, la transmutación de la conciencia humana en conciencia divina, o lo que es lo mismo a»unión con Dios», yoga, yugum, epifanía, apoteosis, nirvana, glorificación, o como quiera llamársele según el credo que se profese.

Para alcanzar esta finalidad (inasequible en la corta vida física para la mayor parte de las personas), las disciplinas religiosas han establecido, fundamental e invariablemente, tres etapas, cuya denominación y concepto son los siguientes:

  1.  Etapa preparatoria.  Por la cual se consigue la purificación de los vehículos de la personalidad, por medio de los cuales el alma se manifiesta en la vida física.  Esto es, purificación del cuerpo, dominio de los instintos, deseos y pasiones, y depuración mental por el cultivo de pensamientos positivos, constructivos y eficientes.
  2.  Etapa doctrinal.  En la cual se estudian las doctrinas metafísicas, teológicas, cosmogónicas, antropológicas y psicológicas, previa la técnica del manejo de la inteligencia en orden al conocimiento, dominando las diversas operaciones de atención, 
  3. Observación, concentración, meditación, abstracción y contemplación, necesarias para formar conceptos sólidos del Universo y del Hombre.
  4.  Etapa de realización espiritual.  En la cual el pensamiento, el sentimiento y la voluntad del hombre, se unifican con la ordenación y finalidad del Universa, convirtiendo a aquel conscientemente en un instrumento de los designios superiores. 0 dicho en términos religiosos/ el hombre se convierte en un canal de la Sabiduría y de la Voluntad divinas.

En el fondo no hay otra cosa sino la determinación lógica de los tres grados por que pasa el alma humana en progresión.

Es decir, tras de estos grados simbólicos, se esconde la perfección espiritual paulatina que supone la iniciación real.  Lo cual nos obliga a afirmar que cualquier grado simbólico carece de valor si no se le llena del contenido de perfección y recta conducta que el grado supone. . Los antiguos egipcios obligaban al candidato que se iba a iniciar a pasar por las cuatro pruebas preliminares de la tierra, del agua, del luego y del aire, pero no sin advertirle que el pozo no era tan oscuro como la ignorancia, ni el agua tan fría corno la duda, ni el fuego tan ardiente como las pasiones, ni el aire tan impetuoso como el impulso de nuestros deseos.  Las verdaderas pruebas referíanse al dominio de nuestra propia naturaleza, y hallaban su contraparte en las situaciones externas por las cuales se hacía pasar al candidato.

PRIMERA ETAPA

a)  Purificación personal y formación moral

Comprende la purificación del cuerpo, de los sentimientos y el pensamiento, así como su recto  empleo en las relaciones humanas.  Todo ello simbolizado en las tres cruces con que se persigna el cristiano, en la frente, en la boca y en el pecho, para que Dios nos libre de los malos pensamientos, de las malas palabras y de las malas obras.

Purificación del cuerpo

Para que nuestro organismo o vehículo físico, sea un instrumento obediente a los dictados de nuestra naturaleza espiritual, es necesario mantenerle sano y puro, lo cual se logra con una higiene natural.

Un organismo impuro o recargado de materias tóxicas y grasas, no puede ser canal ni intérprete de los finos matices del espíritu.  «En un cuerpo grueso enflaquece el alma», dijo Pitágoras; y también, rememorando las enseñanzas de este gran filósofo,  dicho por otros más modernos que, «toda reforma moral debe comenzar por la reforma de la alimentación».

Vegetarismo

La calidad del alimento humano, es la base principal de la constitución de los humores y de los tejidos.  De aquí que elrégimen vegetariano y el ayuno sean los factores fundamentales de la purificación física, recomendados unánimemente por todos los hombres auténticamente religiosos.

Al referirnos al vegetarismo como régimen de pureza orgánica, no solamente damos por sentada la supresión del alimento cadavérico (carne y pescados), sino también la supresión de todo excitante (alcohol, tabaco, drogas tóxicas, extractos opoterápicos, etc.) que pueda producir vibraciones anormales o estados congestivos de los órganos nobles (cerebro, hígado, corazón, glándulas sexuales, etc.) que irritan, esclerosan y desconciertan sus funciones e impiden el dominio personal

Pero además de las ventajas sanitarias y depurativas que tiene un régimen de higiene natural y de alimentación vegetariana, tiene también la valiosísima condición de permitir el cumplimiento de esa primera ley de la ciencia oculta que es el no matar.  La vida inocente del que renuncia, directa o indirectamente, a producir víctimas para su mantenimiento, es el paso más bello en el sendero espiritual.  Así lo sintieron y expresaron los grandes genios de la vida mística.

Decía San Clemente de Alejandría en su obra «Paidagogos»: «¿Acaso no hay dentro de una frugal sencillez, una gran variedad de alimentos saludables, como verduras, bulbos, raíces, frutos, en” saladas, cereales y otros productos alimenticios?  «Entre los alimentos conviene dar la preferencia a aquellos que pueden comerse en estado natural, sin recurrir al fuego».  «El apóstol Mateo vivía de granos, fruta de cáscara dura y verdura, con exclusión de carne.  Y el apóstol Juan nutrióse de tiernas yemas, de hojas y de bulbos de meleagro».  «La alimentación carnea paraliza las facultades espirituales.  Los gnósticos se abstuvieron de alimentos cárneos, a fin de evitar que su cuerpo se inclinara a la concupiscencia».

San Juan Crisóstomo se expresa así: » Al comer alimentos cárneos seguimos la huella de los lobos y adoptamos hábitos de tigres; o más bien somos aun de peor calaña que ellos. . . «. «Cuanto más exuberante y corpulento sea el cuerpo, tanto más débil y macilenta será el alma; cuanto más se ceba aquél, más se va sepultando «ésta». («Homilías» 69, 13 y 14).

Nos dice también San Basilio el Grande: «La carne destruye la vida arrastrando a) cuerpo a la perdición.  El cuerpo agraviado con alimentos cárneos, es infectado por enfermedades».  «Las fermentaciones de esos abominables alientos oscurecen la luz del espíritu».  «Sean los manjares cárneos de la índole que sean, siempre, y en todos los casos engendran movimientos impuros, el alma, por decirlo así, yace asfixiada bajo el peso de] alimento, perdiendo -su predominio y su facultad de pensar.  En el Paraíso Terrenal no hubo vino ni matanza de animales, ni alimentos cárneos».  «En tanto que se viva racional y frugalmente, la felicidad de los hogares irá en aumento: Los animales se hallarán seguros en la posesión de su vida; ya no se verterá sangre alguna, ni se matará ningún animal.  Holgará el cuchillo de los cocineros; la mesa estará cubierta únicamente de la fruta ‘que brinda la Naturaleza, y ello bastará a dar crecida satisfacción a todos…”. “Si sientes afición al alimento cárneo y cebas tu cuerno, lograrás que el espíritu sea torpe y pesado; la grasa que criará la carne, debilitara las fuerzas del espíritu.  Difícilmente puede amarse la virtud, si se encuentra delectación en manjares cárneos»

Lactancio, el más dogmático de los escritores católicos, nos dice terminantemente que «No cabe establecer excepciones al mandamiento divino de «No matarás»

San jerónimo dice» también: «Se nos ha puesto entre los dientes los nervios y el jugo fétido de la carne, de la misma manera como fueron arrojadas codornices a los pies del pueblo murmurador en el desierto». (Romanos 14 21).

San Pedro, según se nos cuenta en el capítulo II, versículos 7 y 8, de «Los Hechos de los Apóstoles», oyó una voz que le decía: «Levántate Pedro, mata y come», a lo que él respondió: «Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda entró jamás en mi boca».

Sabido es también que el Buddha y Pitágoras aborrecían la carne, como tantos otros hombres eminentes e instituciones religiosas, cuyas múltiples citas pueden verse en la Lección XXXI de mi «Curso de Medicina Natural en 50 lecciones», ya citado.

Higiene Natural Naturismo

A las excelencias de la alimentación vegetariana, adaptada al tipo, temperamento, estado de salud, clima y profesión de cada persona, se suman todas aquellas ventajas de la aproximación a la Naturaleza, con la subsiguiente vitalización y entonación del organismo consiguientes a los adecuados contactos con los agentes naturales: sol, agua, tierra y aire puro, únicos tónicos auténticos del organismo, por ser las energías y materiales originarios en el seno de los cuales se formó este

Pero, además, debemos señalar el beneficioso efecto que para la vida espiritual acarrea el distanciamiento de los grandes centros urbanos y la Vida en la Naturaleza dentro del tranquilo ritmo del reino vegetal.

b) Purificación de los sentimientos 

Debemos incluir entre los sentimientos a todas las manifestaciones del alma animal, como los deseos, instintos y pasiones. Todos estos impulsos tienen su, raíz en los apetitos del cuerpo físico que al incorporarse o tomar forma en nuestra psiquis, lo hacen como deseos e instintos.  Estos pueden todavía intensificarse y subyugar a la voluntad, convirtiéndose en pasiones o en vicios.

Es esencial para bollar el sendero iniciático, el dominar, no la anulación (como erróneamente se ha dicho otras veces) de los deseos y de las pasiones.

«Las pasiones -dice Santo Tomás- han sido puestas en nuestra naturaleza por Dios, con objeto de que ejerzan sobre nuestra voluntad una acción estimulante o, de refuerzo».  «Cuanto más vivos son los afectos y las pasiones, tanto más enérgica es la obra de la voluntad».

San Bernardo agrega: «Puesto que somos carnales y nacidos de la concupiscencia carnal, es necesario que los movimientos de nuestro amor empiecen de la carne».

Las pasiones y los deseos constituyen una fuerza que no, nos es dable negar.  Son los incentivos de nuestros actos.  Hay que dominarlos poniéndolos al servicio de lo superior. Jesucristo nos dio el ejemplo desatando su ira para arrojar violentamente del templo a los mercaderes.

Los siete pecados capitales, son las grandes pasiones del hombre: las siete puertas del infierno, los siete demonios a los que hay que vencer con la fuerza de nuestra naturaleza superior, como San Jorge abatiendo al dragón.  Constituyen la hipérbole monstruosa de nuestros apetitos corporales y de nuestros instintos vitales, que se amortiguan con la práctica del vegetarianismo y de la higiene natural.

Pero entre las pasiones, las hay más sutiles y taimadas, contra las cuales no basta un régimen de vida pura si no va acompañado de un esfuerzo inteligente, la de la voluntad.  Me refiero principalmente a la vanidad, el orgullo, la intransigencia y el espíritu de lucha, terribles obstáculos en el camino de la iniciación, que los antiguos egipcios representaban por unos monos provistos de redes con las cuales cazaban a las almas que, ilusionadas pero débiles, marchaban hacia la glorificación de Osirís.  Estas pasiones son contrarias al sentimiento de fraternidad que constituye el aspecto moral y sentimental de la primera etapa iniciática y el contenido del grado del «compañero» de ciertas iniciaciones simbólicas.

  • La Vanidad, como su nombre indica, es la cualidad de todo lo que está vacío de contenido.  Es representación sin fondo.  La vanidad de los cargos, los puestos y los grados, es defecto moral muy extendido entre los hombres, y particularmente peligroso en toda iniciación religiosa o espiritualista donde todo contrincante sin contenido es la negación misma de la finalidad que se pretende.  Y esto débese a la propia superestimación que nos hace suponer poner que nuestras ideas y acciones pueden ser un ejemplo Para los demás, olvidando la humildad virtud cotizable como ninguna en el camino iniciático, que nos impele a servir sin pedir y que desde fiamos generalmente, por ese pernicioso personalismo que nos arrastra a ser «cabeza de ratón más que cola de león».  Por esto decía tristemente Jesús: «Muchos son los llamados y pocos los elegidos».  Un grado de «compañero» sin, sentimiento de fraternidad o un grado de «maestro» sin haber enseñado nada a nadie, son «vanidad de vanidades».
  • El orgullo es una enfermedad del alma que impide la conciencia espiritual.  Creerse superior v cultivar un sentimiento de altivez y desprecio a los demás, supone carecer de la necesaria inteligencia para hollar el «sendero».  Todos somos superiores, a unos e inferiores a otros, en lo que a nuestro grado evolutivo se refiere; pero todos somos iguales como esencia, por lo cual nuestra aparente superioridad sobre otros más humildes es solamente una cuestión contingente o circunstancial. ¿Para qué pues ser orgulloso?  Decía Pitágoras con su proverbial sabiduría: «No te creas más sabio que otro; esto probaría que lo eres menos».  «Se mejor el último entre las águilas que el primero entre los grajos”.    «Se hombre enteramente antes que semi-dios».
  • La intransigencia dimana de una especie de orgullo intelectual por el que uno se supone en posesión de la verdad mientras considera equivocados a los demás.  Esto tiene su causa en una posición dogmática que impide reconocer la parte de verdad -atisbada por la inteligencia de las demás personas.  El dogmático, como el realista ingenuo, ignora que el conocimiento es una relación entre el sujeto y el objeto, y cree que las cosas son como él las ve, por lo que estima, subjetivamente, que su verdad es la única verdadera, si es que no tiene la pretensión de estar en posesión de la Verdad absoluta El dogmatismo cerrado es una verdadera desdicha intelectual para el candidato a la iniciación, porque le impide atisbar más amplios Mentales y con ello acercarse a la Verdad divina que, comprende todas las verdades humanas y más que todas ellas juntas.
  • El espíritu de lucha es otra variante orgullo e hijo, corno éste, de la soberbia.  Queremos luchar para imponernos y dominar a nuestros semejantes. Esto, cuando no se debe a una intención egoísta, se debe a nuestra vanidosa pretensión de creernos poseídos de razón y capacitados para dictar nuestras soluciones a la fuerza.  El espíritu de lucha deriva siempre de un déficit de comprensión que ignora las ventajas de determinar soluciones con la opinión de todos.  Pero en la mayor parte de los casos se debe a no haber encontrado paz en la propia alma, por una discordancia entre lo que se piensa y lo que se siente, entre la cabeza y el corazón.  Los deseos insatisfechos y las pasiones desbordadas por falta de meditación sobre sus consecuencias; los errores de la inteligencia por falta de discernimiento, son causa de lucha interior que se traduce en lucha contra nuestros semejantes y que no tiene otro remedio irás que la meditación suficiente.

El dominio de nuestras pasiones, nuestros instintos y nuestros deseos, supone, naturalmente, ese llamado «combate ascético» en el que nuestra naturaleza espiritual trata de imponerse a nuestra naturaleza instintiva.  Pero sería un error tratar de lograr esto solamente por esfuerzos de la voluntad que, a la postre puede flaquear –y de hecho laquea muchas veces- permitiendo el despertar aún más monstruoso de una pasión ala que se suponía dormida y totalmente dominada.  Nada positivo y fundamental lograremos en este sentido sino va acompañado de la transformación interna de nuestra alma por la meditación, que en ello consiste el verdadero ocultismo.

            c) Purificación del pensamiento

La regla máxima de purificación mental, verdadero específico contra errores e intransigencias, es el Silencio.

El silencio limpia el alma y educe el sentido de la verdad. Nada puede lograr tanta tranquilidad espiritual como el permanecer callado y rodeado de silencio.

«Si se os pregunta: ¿Qué es el silencio?”, responded: «La primera piedra del templo de la sabiduría».  Esta sentencia pitagórica explica porque el Maestro de Samos obligaba al iniciado a permanecer largos meses sin hablar hasta que hubiera adquirirlo el sentido de la verdad, y nos explica también porque a los discípulos del «primer grado» los llamaba «acusticoi», es decir, oyentes.

Una inscripción de un templo indostánico, se halla encabezada por tres figuras de monos, uno de los cuales se tapa los oídos, otro los ojos y otro la boca, leyéndose en ella: «No oigas, no veas, no digas el mal».  Es la síntesis de la sabia enseñanza oculta de no cultivar malos pensamientos ni propagarlos.  Es el inestimable consejo de acostumbrarse a «ver el lado bueno de todas las cosas».

La práctica de este consejo, juntamente con la práctica del «silencio», es la mejor manera de evitar esa auténtica «intoxicación» de nuestra mente producida por complejos, errores y prejuicios.  Podráseme argüir que el hecho de ver «la parte buena» de todas las cosas, teniendo éstas también su parte mala, no es una posición «realista» y puede conducir a error de apreciación.  Pero no se trata de cerrar las facultades de nuestra mente a la apreciación del «lado malo» ‘ de las cosas, sino de ponerse «más allá del bien y del mal» viendo en todo hecho del mundo, la realización (nos agrade o no) de los designios superiores, muchas veces incomprensibles para nuestra razón, pero cuya aceptación como buenos en su finalidad, es la actitud subjetiva que trata de buscarse con este consejo.  Y esta actitud de captación del bien trascendente, por encima de nuestro sentir personal, es lo que nos obliga, en el sendero iniciático, a no considerar y propagar el lado inmediatamente malo, deprimente o destructivo por medio de pensamientos negativos.  Tratase, en una palabra, de no cultivar actitudes pesimistas que conducen a la inacción, sino de alentar el espíritu de colaboración con el orden universal.

Los complejos mentales son mecanismos psicológicos de reacción defensiva sistematizada.  Se despiertan al roce cotidiano de las circunstancias adversas de la vida y ante el esfuerzo de engranar nuestros deseos y pensamientos como los defectos (reales o supuestos) de las personas que nos rodean.  Por ejemplo: un complejo de inferioridad puede nacer como consecuencia de la convivencia con persona vanidosa u orgullosa.  Los complejos pueden ser base de una psicosis, y su mejor medicina se halla en el aislamiento y en el silencio.

Los errores son la inadecuación de nuestros pensamientos con el objeto del conocimiento.  El silencio y el aislamiento, que ponen la «mente en blanco», predisponen a tina serena e imparcial meditación que nos saque de error.

Los prejuicios son «juicios previos»; es decir, elaborados o impuestos sin experiencia propia y sin razonamiento personal que ratifique esta experiencia y el juicio mismo.  Son juicios de rutina y sin convicción propia.  Corno en el caso del error (puesto que el prejuicio es un error, subjetivamente considerado), solamente la imparcial meditación de las cosas, después de haber limpiado la mente con el silencio y la soledad, puede trasmutar los prejuicios en auténticos «juicios» o desecharlos como errores.  Vivir a base de prejuicios es tanto como aniquilar nuestro verdadero «yo» es vivir con una mentalidad prestada.

Nuestros pensamientos (certeros o equivocados) van casi siempre alentados por la fuerza de nuestros deseos o nuestros sentimientos; y esta fuerza puede emplearse sistemáticamente en trasmutar lo erróneo en verdadero o lo inadecuado en conveniente.  Para esto, remito al estudiante a la Lección 43, ejercicio Nº 6, Pág. 731, de mi «Curso de Medicina Natural en 50 lecciones», donde se describe el ejercicio de «Substitución mental».

El contacto con la Naturaleza, lejos del artificialismo convencional de las grandes urbes, con la consiguiente mejor apreciación del orden universal, predispone a nuestra mente para la concepción de pensamientos positivos y constructivos; es decir, de todas aquellas formas mentales que nos inducen a obrar de acuerdo con este orden, según el grado con que hayamos sido capaces de captarle, y de acuerdo también con el respeto que este orden nos merezca, a fuerza de sinceros espiritualistas.

Dentro de los inestimables beneficios que también nos procura la vida civilizada, cuando se sabe apreciar su «lado bueno», se halla la buena influencia de ciertos «ambientes» para el cultivo de elevados y rectos pensamientos, como son los de las bibliotecas, museos, templos, reuniones amistosas, conciertos, sociedades idealistas, etc., que también, en su grado, nos limpian la mente del positivismo y del materialismo grosero inherente al hecho simple de vivir.

Actitudes cardinales en la primera etapa

Todo lo hasta aquí expuesto, pudiera ser poco menos que inútil o caer en el vacío, si no enfocamos la actitud de nuestra vida de una manera eficaz que complemente los esfuerzos de esta primera etapa de la iniciación,

A evitar un esfuerzo baldío y a consolidar los progresos adquiridos tienden los siguientes consejos:

«Hay que adelantar tres pasos en la perfección moral, por cada uno que se dé en el progreso intelectual».  Porque adelantar en conocimiento sin la garantía de que se la ha de usar rectamente, es tanto como exponerse a caer en la «magia negra».

  1. Hay que actuar en la vida de acuerdo con las aptitudes y vocaciones personales.  Pues como decía Goethe, «al Yo hay que llegar por la acción siguiendo la vocación».  Hacer en la vida cualquier trabajo que no esté de perfecto acuerdo con las Vocaciones y aptitudes, estanca el desarrollo del propio «Yo» y aparta, por consiguiente, del caminespiritual.  Las vocaciones y las aptitudes son potencias que trae nuestra alma, como fuerzas innatas y constituyen la esencia misma de nuestro ser.
  2. Hay que cultivar la actitud de «servicio», no dedicándose egoístamente al propio y exclusivo desarrollo espiritual. «Los que quieran salvarse se perderán», dijo el Cristo.  Mucho más conseguirá en el sendero iniciático aquel que se olvide de si mismo para ocuparse de los demás, que aquel que se ocupe exclusivamente de su propio progreso.  Todo lo cual no es sino una condenación más del egoísmo.

El iniciando ha de vivir una vida sencilla y desprovista, por tanto, de todo lo superfluo en propiedad y ocupación.  Es un bello símbolo que encierra esta idea, el símbolo del nacimiento del Cristo en el humilde establo de Belén: es decir, la espiritualidad que solamente nace en la sencillez y la humildad.  Por esto Jesús dijo tristemente a sus discípulos que «es más difícil que entre un rico en el Reino de los Cielos que un cable por el ojo de una aguja».

El hombre que pretenda bollar el sendero, ha de obrar en la vida de acuerdo con lo que piensa, pues como dice el conocido refrán: «el mejor predicador es fray ejemplo».  Carece de fuerza decir bellas cosas y hacerlas malas.  El ejemplo de lo que «se hace» es la fuerza suprema que induce a los demás a imitarnos; tanto más si va refrendado por nuestras propias palabras y estas son verídicas.  Es notorio que los hijos acaban imitando lo que han visto hacer a sus padres; no siempre lo que les han oído.

Esta primera etapa de purificación personal y formación moral, realiza lo que simbólicamente se ha llamado el nacimiento del Cristo interno, que equivale, en la iniciación brahmánica, a la etapa de «Sotapana» o «dvila’ (dos veces nacido).  El iniciado es corno un niño en el mundo espiritual, haciendo buena la frase de Jesús cuando dijo’: «Tenéis que volveros como niños para entrar en el Reino de los Cielos»; que también expresó en otra forma cuando dijo a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo que para entrar en el Reino de los Cielos hay que volver a nacer».  En la iniciación buddhista se llamaba «Vimala».

SEGUNDA ETAPA

Dominio de las operaciones mentales e instrucción doctrinal

Comprende la técnica relativa a las facultades de la inteligencia, con objeto de llegar al conocimiento y a la posesión de la verdad por elaboración propia y por propia experiencia interna; como también el estudio de una doctrina filosófica que explique las grandes interrogantes del Universo y del Hombre.

Sobre las operaciones de la inteligencia he tratado con cierta extensión en mi citada obra «Problemas religiosos e Historia comparada de las Religiones» al hablar en el capítulo 19, sobre la «Teoría del Conocimiento».

Se infiere de lo dicho allí que, sin una buena observación de los objetos y una poderosa concentración de nuestra conciencia en el ser o cosa (físico o metafísico) que deseamos conocer, no hay posibilidad de llegar a la meditación, ni por consiguiente, al conocimiento.

«Toda técnica nace del espíritu» dijo clarividentemente el gran músico Franz Liszt.  Por esto, el fundamento de todo conocimiento estriba en la voluntad de conocer.  La intensa apetencia por descifrar nosotros mismos los enigmas de la vida, nos proporcionará la mejor disposición para nuestro progreso intelectual.  Insistamos una vez más en que sirve de poco almacenar pensamientos ajenos.

La técnica de la concentración del pensamiento se adquiere solamente con la práctica; requiere el hábito de la atención y del estudio para ejercitar la facultad.  El que no sea capaz de lograr esto solamente puede esperar el conocimiento por la vía de la «intuición», pero esto no tiene el valor universal que el raciocinio.

La concentración estriba en colocar y mantener en el foco de la mente al objeto del conocimiento. La meditación estriba en captar mentalmente todas y cada una de las facetas lógicas en que se nos puede dar un objeto.  Con ello llegamos a realizar nuestra «representación» consciente que, siendo concreta llamamos «pensamiento» y siendo abstracta llamamos «idea».

Adelantémonos a decir que la abstracción es el fundamento de todo conocimiento filosófico y que solamente en el campo cae lo abstracto se puede hallar la «verdad».  

La abstracción es la etapa final del conocimiento racional o discursivo y consiste en tina generalización que permite la máxima certeza, y por medio de la cual se elabora la representación genérica que llamamos «concepto», Por ejemplo; nosotros decimos: «el sol alumbra»; he aquí una verdad concreta que como tal es muy relativa; porque, efectivamente, si nos metemos en una caverna, el sol «no alumbra» y «tampoco alumbra» para los habitantes que están en ese momento en el otro hemisferio de la tierra.  Si generalizamos un poco más y decimos: «el sol emite rayos luminosos», entonces esta verdad se hace más universal puesto que resulta cierta para los que están en la caverna y para los que están en la noche, aunque ellos no reciban la luz.  Mas también esta verdad es relativa puesto que el sol no solamente emite radiaciones luminosas, sino también caloríficas, etc.  Podemos aún generalizar más diciendo simplemente: «el sol emite rayos»; y en este caso nos colocamos más cerca de una verdad universalmente aceptable, pero todavía relativa puesto que el sol no solamente emite radiaciones sino también emanaciones substanciales del éter.  Si damos un nuevo paso en la abstracción llegaremos a decir:

«El sol emite», con lo cual llegamos a una verdad que es aceptable para «todos» los casos concretos a que nos hemos referido.  Cuanto más abstracto el pensamiento más verdad encierra.  Y si esto ocurre en las verdades empíricas, calcúlese la importancia de este hecho en el conocimiento de objetos metafísicos o ideales, como Dios, el alma, la Creación, etc., que no pueden ser objetos de experiencia y en muchos casos tampoco de deducción racional.

           Por este motivo, al primer período, de la segunda etapa de la iniciación le llamo «período de abstracción».

a) Período de abstracción

Hay ciertas operaciones de la inteligencia como la contemplación, la adoración y la inspiración, que no pertenecen a la categoría del conocimiento racional, sino del intuitivo.

  •    La intuición, que quiere decir «conocer viendo», es una forma de conocimiento directo, supraracional o arracional, que supone la asimilación de una verdad, generalmente por vía de sentimiento o de voluntad.
  •    La contemplación es el conocimiento por vía de sentimiento, como ocurre en la intuición estética y en la ética.  Un cuadro, un paisaje o un concierto musical «se sienten» pero no se razonan.  El análisis destruye la contemplación.  El sentimiento de caridad que se despierta ante la contemplación del dolor ajeno, se anula con el razonamiento de la justicia divina que ha llevado a tales miserias.
  •   La adoración es conocimiento conseguido por amor.  A esto aludía Platón cuando decía-.  «No hay gnosis sin eros», que luego repitió San Agustín diciendo: «No hay conocimiento sin caridad».  En puridad de verdad, no hay conocimiento cierto de una cosa mientras no «se la siente» (-, «se la ama»; lo cual ya he explicado en mi citada obra.
  • La inspiración es una forma de conocimiento intuitivo con capacidad «creadora», que debemos considerar como último peldaño de la inteligencia humana, propio del genio.
  •    Pero esta etapa intelectual de la iniciación que hemos caracterizado por el hábito de la abstracción, no se limita al campo de la inteligencia, sino que tiene sus inmediatas consecuencias en los otros aspectos de la personalidad como son la vida moral y la vida sentimental, ya que todo en nuestro ser humano va íntimamente relacionado.
  •    En lo moral, el iniciando de esta etapa, debe realizar una suerte de «abstracción» de sus relaciones con los demás seres, «generalizando» el sentimiento de fraternidad hacia los demás hombres y los animales.  Como dijo el Maestro Jesús, no tiene ningún mérito que amemos a nuestros hermanos, sino que hemos de amar aun a nuestros propios enemigos.  Hay que sacar el corazón del recinto de la familia y de los amigos para llevarlo hasta los extraños.  Hay que cultivar para esto el sentimiento de simpatía como actitud «positiva» de nuestra moral.  Y de ello han de participar los animales, haciendo buena la frase de Salomón: «El justo ama la vida de su bestia».
  •    En lo puramente sentimental hemos de trascender el «devocionalismo» por el cual el sentimiento se aferra a determinada fórmula, ídolo o persona, siendo «devotos» sin ser «devocionales»; es decir guardando un íntimo respeto a todo lo que es elevado, bueno, sublime o recto sin hacer diferencias de matices ideológicos, ni mucho menos desprecios a lo que discrepa de nuestra manera de ver.  El iniciando ha de comprender que los rituales y ceremonias de cada religión, no tienen mayor importancia que la de ser un medio de canalizar las fuerzas espirituales, pero que ellos por sí no crean espiritualidad, como el canal no crea el agua que conduce.  La espiritualidad es solamente fruto de las virtudes llevadas a la práctica.  Y el ceremonial o el acto de devoción sin la conducta recta son engaños del corazón.
  •   En el aspecto mental, y corno consecuencia de todo lo expuesto, ha de trascenderse el estudio de los fenómenos y mecanismos (ciencia positiva) para llegar al estudio de las causas y principios (metafísica).  Y al decir que debe «trascenderse» no quiero decir que deba eludirse, por aquello de que «antes de conocer lo invisible debernos abrir nuestros ojos a lo visible», para no perdernos en elucubraciones de la fantasía.  El estudio de la «filosofía» y con ello el cultivo de la razón en abstracto, acabará por formar en nuestra conciencia los más sólidos y elevados conceptos.
  •   Este período de abstracción que denomino así de una manera filosófica, corresponde conceptualmente al grado de «Bautismo» y al grado de «Sakadagami», respectivamente, de las iniciaciones simbólicas cristiana y brahmánica.  En la iniciación buddhista denominábase «Duramgama» (o «difícil de marchar»‘) en que el pensamiento se libra de lo particular.

b) Período de intuición

Como ya hemos dicho, la «intuición» es un conocimiento directo supraracional, de un valor subjetivo, pero que generalmente, y sobre todo en objetos metafísicos, conduce a un grado de convicción al cual no llega el conocimiento racional.  Nadie se ha dejado matar por una teoría filosófica, pero muchos mártires han perecido por su fe en Dios.  La te no es más que una intuición de los “valores» divinos.

Las operaciones intuitivas, ya mencionadas, de la contemplación, la adoración y la inspiración, tienen como última finalidad proporcionar una convinccíón o sea la conciencia de la captación de la verdad.

  •             En el aspecto intelectual, el cultivo de las operaciones «intuitivas” puede llevar a estados psíquicos que trascienden los mecanismos corrientes de la inteligencia, como son el éxtasis, el don profético, la revelación, la clarividencia, la gracia divina, la visión beatífica, etc., incluidos en los conceptos de “paragnosia” o “metagnosia” (conocimiento para normal y también llamado “sobrenatural”).
  •             En el aspecto moral, el estado de conciencia a que se llega en esta etapa, supone la renunciación o humildad en dicha y la resignación en el dolor. La renunciación estriba en saber resistir los halagos de las tentaciones cuando la fortuna y el bienestar nos favorecen; por consiguiente desarrollase espíritu de «sacrificio consciente» lo cual revela la perenne conciencia del deber.  La verdadera piedra de toque que nos evidencia haber llegado a este estado de conciencia, está en no perder la alegría ni la calma cuando el bienestar o la fortuna huyan de nuestro lado; es decir, la resignación en el dolor, que es tanto como no caer en imposición, válida o desesperación.
  •             En el aspecto sentimental, hay que desligarse del egoísmo del amor familiar, que, en muchos casos no es realmente «amor», sino un sentimiento de simpatía enraizado en el instinto de posesión. Si analizamos sincera e imparcialmente el sentimiento que nos liga a las personas de la familia oiremos en cuantas ocasiones este sentimiento está basado en el agrado y en la conveniencia de que nos sirvan, nos ayuden, nos escuchen cuando tenemos ganas de hablar, nos soporten nuestro mal humor o nos cuenten algo cuando no tenemos nada interesante en que pensar.

Dije en otro lugar («Problemas Peligrosos Cap.  IX.  «La justicia humana y la justicia divina») que la familia es la fórmula de bien administras instintos, pero la verdadera espiritualidad  estriba en superar los instintos mismos. Y este problema conviene planteárselo en esta etapa, para que el sentimiento hacia la familia se convierta en verdadero «amor» y por consiguiente en una actitud «completamente desinteresada».  Y esto será el principio del amor hacia los demás seres, para lo cual, evidentemente, no basta cultivar un sentimiento de simpatía, sino que hay que calar más hondo, recurriendo, si es necesario, a buscarlo por el camino del «deber» y de la justicia», que al fin son «actitudes inteligentes» del amor y eluden «la afección al goce del amor humano» que es el verdadero obstáculo en el Sendero.

También hay que plantearse otro importante problema, como es el del dominio de los sentidos y de las pasiones.

Algo hemos adelantado sobre este punto a tratar, en la etapa preparatoria, de la purificación del cuerpo y de los sentimientos; y hay que suponer que el candidato a la iniciación se ha esforzado por encauzar sus apetitos y deseos dentro de las normas de pureza ya descritas. Pero, como puede suponerse, no hasta con haber cambiado ala alimentación o haber atenuado los estallidos de las pasiones; sino que es necesario dominar las apetencias gratificadoras de los sentidos (sensualidad) y el propio sentimiento (no ya solo el acto) de la pasión o del deseo, o sean las «tentaciones».

En efectoCualquiera de nosotros puede haber cambiado su alimentación cárnea y alcohólica por un estricto régimen vegetariano (lo cual ya es bien ventajoso), pero aun puede cultivar su sensualidad gastronómica con las frutas sabrosas, las verduras y los dulces, sin haber dominado la gula.  Hay que llegar a no sentir la gula.  De la misma manera puede uno dominar un movimiento de agresión a otro que le injuria y le causa indignación (lo cual es plausible), pero puede aun vibrar su sentimiento de cólera que perturba su cuerpo y su alma.  Hay que llegar a no sentir cólera.

Este dominio del sentimiento (que supone el dominio previo de los actos consiguientes) solamente puede lograrse por la meditación de sus consecuencias objetivos y subjetivas.

Toda esta labor interna que supone esta etapa de la iniciación, supone también un cambio de «estado de conciencia» surgiendo el espíritu de «sacrificio consciente», o sea la facultad de «cumplir con el deber», guste o no guste.

Este segundo período de la segunda etapa de la iniciación corresponde al grado de «Anagami» (sin retorno)  y al grado de «Transfiguración» de las iniciaciones simbólicas brahmánica y cristiana, respectivamente.  En la iniciación buddhista era el grado de «Anutpattica» o «el que ve la realidad de las cosas».

Actitudes cardinales de la segunda etapa

El progreso psíquico que suponen los esfuerzos de la disciplina iniciática y el dominio que., por otra parte, se va conquistando sobre la naturaleza inferior, presentan a veces interferencias y conflictos que pueden desviar completamente de la verdadera ruta al aspirante a la perfección.

Conviene pues meditar sobre la significación y las consecuencias del desarrollo de poderes psíquicos, de la medianidad, de la práctica del hipnotismo y del ascetismo.

Los poderes psíquicos, «vibhutis» o «carismas», no tienen ninguna utilidad para el desarrollo espiritual y a veces son contraproducentes.

«Mohidin» el gran místico sufí de la España musulmana del siglo XII, dice explícitamente en su «Fotuhat», que no deben apetecerse ni buscarse los carismas, sino recibirlos sin alardes como un don de Dios, que aparece por cada virtud que se conquista.

Esta misma doctrina de la mística musulmana, pasó a la mística castellana con San Juan de la Cruz y Sta. Teresa de Jesús, la última de las cuales afirma que los «carismas» encierran graves peligros, confundiendo al verdadero religioso y haciéndole creer que son una señal de auténtica espiritualidad, cuando en realidad pueden ser de consecuencias satánicas y deben superarse con la práctica de las «virtudes macizas».

«Ramakrishna» en su evangelio rechaza también el cultivo de los poderes psíquicos, ilustrando su criterio con al-unas instructivas parábolas.

En la doctrina «yoga» de Patanjali, del año 300 antes de J. C., se dice: «Los individuos que hacen alarde de ciertos poderes psíquicos, no han llegado a yoguis, sino que se han detenido- en una etapa parcial o inferior» (porque la mente no es el Yo, sino un instrumento del Yo).

Está claro pues, refrendado por los eminentes testimonios citados, que los poderes psíquicos (clarividencia, clariaudiencia, visión extrarretiniana, poder de levitación, absefalesia (ponerse en contacto con el fuego sin quemarse), etc.) encierran evidentes peligros si no se ha llegado a la perfección suficiente ‘para su recto empleo, y es preferible rechazarlos o no cultivarlos.  De aquí los graves inconvenientes que se han señalado en esa etapa de la iniciación «yoga» llamada «pranayama» o dominio de las «fuerzas vitales», en la que se recomiendan ciertas formas de respiración para despertar ciertos «centros etéreos» y las corrientes psicofísicas circulantes entre ellos, que a algunos ha conducido a psicopatías o perturbaciones mentales que, en algunos casos (no siempre remediables) he tenido que tratar en mi clínica particular.

Igual tenemos que decir de la mediumnidad o facultad de servir de instrumento a influencias psíquicas extrañas.  No hay más camino recto y normal de influir en la «psiquis» de otra persona que la persuasión.  Cualquier otro camino es una verdadera, desdicha para el influido y puede ser una maldición para el influyente.

El médium cuya facultad se explota en las sesiones «espiritistas», es un ‘,’mentecato» (o captado por la mente» en riguroso sentido etimológico) que abdica de su divina facultad de sentir y pensar por cuenta propia, para convertirse en una máquina hipersensible de pensamientos y sentimientos ajenos, vengan por caminos subconscientes o trascendentes.  Este hábito de escribir o hablar «al dictado», puede anular el «Yo» o estancar el progreso espiritual, cuando no producir psicopatías y depresiones nerviosas que llevan a la ruina de la razón.  Pero por si no fuera poco el perjuicio que la mediumnidad acarrea al propio médium, aun debo señalar el que acarrea a los que de él se aprovechan, con evidente falta de conciencia o de caridad, que son gravísimos escollos en el sendero iniciático.  La falta de amor o la falta de conocimiento, suponen detención segura en el camino de perfección. Él cultivo de la mediumnidad pasiva jamás está justificado’ en el terreno espiritual.  Otra cosa es el prodigioso «carisma» de servir de canal conscientemente a una influencia espiritual superior, cuando se ha llegado al grado requerido para ello, como Jesús cuando después de la transfiguración sirvió de instrumento a la elevada presencia del «Cristo».

El hipnotismo o hecho de influir en la «psiquis» de otra persona mediante el «sueño hipnótico» o estado «de trance», es igualmente recusable que la mediumnidad, porque supone la abdicación de las facultades psíquicas del hipnotizado.  La subordinación de éste a la voluntad y al pensamiento del hipnotizador, a veces de un modo permanente, aun en estado de vigilia, es evidente y peligrosa.  El hipnotizado es también un «mentecato» o «poseso» por la voluntad ajena.  Y no cabe defender el hipnotismo, creyendo que por medio de él pueden curarse ciertas psicopatías y ciertos vicios, porque la influencia favorable que aparenta tener en estos casos, termina cuando muere el hipnotizador, lo cual prueba que no se trata de una curación sino de una «contención».  Y es que toda curación e corrección, de cualquier orden que sea, tiene que ser hecha «por la propia voluntad» del paciente, si ha de pretenderse una realización sólida, permanente y que no se oponga a la evolución espiritual.

No negamos las cosas asombrosas y aparentemente «sobrenaturales» que pueden lograrse con el hipnotismo y con el espiritismo, capaces de subyugar el ánimo de muchas personal que necesitan de lo «milagroso» para creer en el más allá o en la existencia del alma; pero debemos pensar desapasionadamente que todos estos efectos «paranormales» son una de tantas manifestaciones de la «maya» o ilusión de la vida fenoménica, que, lo mismo nos engañan que todas aquellas cosas que vemos «con los ojos de la cara», como ellas contingentes, transitorias, cambiantes y perecederas, que nos atan a mundos de la forma y por consiguiente nos apartan de la ruta de ascenso hacia el inundo de lo eterno, o sea de lo que no cambia ni perece: mundo que hay que conquistar trascendiendo todo plano de manifestación.

El ascetismo, cuya denominación proviene del termino «askeos», meditar, no es, por consiguiente, la mortificación del cuerpo sino la reforma de tino mismo por la meditación.  El cuerpo debe mantenerse fuerte para que sea digno instrumento de un espíritu también fuerte.  Recuérdese como el Buda abandonó a los ascetas, por creerlos equivocados, para seguir el «sendero medio» y entregarse a la meditación por medio de la cual encontró su doctrina de salvación.  Si con el «ascetismo mortificador» trata de lograrse el fortalecimiento de la voluntad, convengamos en que hay muchas maneras de fortalecer la voluntad como son sacar adelante una numerosa familia, o estudiar una carrera y ejercer con éxito una profesión.

Se puede hacer un alarde de voluntad mucho más útil para todos, aprendiendo a tocar el «violoncello» o aprendiendo a hablar cuatro idiomas.  La mortificación del cuerpo es contraria a la ley natural y nada que vaya contra las leyes naturales está de acuerdo con la Voluntad Divina, ni, por tanto, es espiritual.  En cambio, el auténtico «ascetismo» que es la meditación constante, es la fórmula de trascender la ignorancia, el dolor y todas las calamidades humanas; en una palabra: -El camino de la salvación.

LA ORACIÓN

Viene aquí a punto el considerar las ventajas de la «oración» que es una forma de meditación oral.

La palabra correctamente empleada y emitida con voluntad (fervor), es de un poder realizador verdaderamente extraordinario.  Además toda palabra empleada en su verdadero sentido, «evoca», «invoca» o «educe» la idea o espíritu que dio origen, creando o reavivando una determinada forma mental» (idea o pensamiento) que se convierte en una fuerza protectora.

La eficacia de la oración exige la actitud de humildad o sumisión, Una pretendida oración en tono imperativo o rabioso carece por completo de virtud.  Y esto se debe a que la oración (invocación a lo superior) se realiza según ley de jerarquía en que lo inferior se subordina a lo superior.  Lo contrario de la plegaria seria una «maldición», cosa que indudablemente también tiene su fuerza si se emplea la palabra adecuada, pero que se estrella contra la férula protectora de una invocación altruista, pura y desinteresada.

La clave de la oración estriba precisamente en su carácter desinteresado, pues como ya he dicho en otra parte, “nunca ha de estar en los designios de lo superior, ni violentar una ley de Dios, ni conceder algo que responda al deseo egoísta de la naturaleza inferior y sino al orden de finalidad de la naturaleza superior».

Pensemos en que la eficacia de la oración o plegaria estriba en poner en acción potencias de la naturaleza espiritual.  Y para conseguir esto, nuestra persona ha de adoptar una actitud sumisa hacia los «valores superiores» y conciente de que no se puede invocar la realización de un deseo que vaya contra las leyes naturales.

Fundamentada la oración sobre estas bases, solamente falta buscar la fórmula de expresión, es decir, las frases adecuadas; pero no para decirlas rutinaria y mecánicamente, sino meditando lo que se dice, para despertar el pensamiento o el sentimiento correspondiente, que es lo que puede transformarse en acto.

Fórmulas para orar hay en todas las religiones del mundo, y la costumbre de emplearlas, indudablemente, da fortaleza espiritual y rectitud moral, aunque lo menos que puede lograrse con ellas es un íntimo consuelo que no puede desdeñarse.

El hombre que ora encuentra siempre una respuesta superior, y si ora improvisando la oración, llevado de un sentimiento fervoroso y vehemente, entonces la respuesta de lo alto puede ser decisiva y luminosa.

Así pues, la oración es un medio de caminar con pasos más seguros por el sendero iniciático; pero es estéril para este objeto si el esfuerzo y la conducta no la acompañan.

TERCERA ETAPA

De realización espiritual

Es la consecución de la finalidad iniciática, con la definitiva disposición de la voluntad a la colaboración con la ordenación universal y como fuerza gobernadora de todo el ser.

Es la iluminación plena del alma por los «valores divinos» 

a) Período de volición

La educación de la voluntad, que se ha venido preparando durante las anteriores etapas iniciáticas, con los esfuerzos conscientes de dominio personal, se traduce ahora en una plenitud volitiva que no es otra cosa sino el florecimiento de los tres grandes poderes o «virtudes» llamados Fe, Esperanza y Amor: Fe o virtud de acción, Esperanza o virtud de intelección, y Amor o virtud de creación, como ya he explicado en mi citada obra.

 Las virtudes (de «vir», poder) constituyen el origen de las intenciones.  Estas son las disposiciones o direcciones fundamentales de nuestros actos.  Las intenciones (que son voliciones en potencia) se convierten en voliciones (que son intenciones en acción) y estas son el movimiento de realización de nuestros actos.’

Las intenciones de la voluntad se modifican con la meditación y el conocimiento (de aquí la necesidad de la segunda etapa dedicada a la educación mental).  Al mortificarse el estado de «conciencia» se modifica también el estado de «senciencia» (propiedad de sentir y querer)) y con ello la intención.

La voluntad dirigida por las grandes virtudes del alma, gobierna efectivamente a todos los demás elementos y vehículos de] individuo.

En lo que respecta al cuerpo físico, la, tiranía de los apetitos materiales se ha trocado en hábitos -de pureza y de dominio de si.

En lo que se refiere al plano emocional, los anhelos vagos y los deseos desordenados se han convertido en afecto y simpatía.

En lo que concierne a las funciones mentales, los prejuicios y los pensamientos concretos se han abstraído en conceptos por elaboración intelectual.

El iniciado de esta etapa, consciente de su esencia divina en las limitaciones de la carne, se siente como «crucificado» en la materiay muchas veces se cierne sobre él ese estado de conciencia que se ha llamado la «noche espiritual», en el que su espíritu (como el de «Cristo» en la agonía de la cruz) se encuentra dolorido, escarnecido y solo, muchas veces torturado por esas «bebidas amargas» de la traición, la negación y el abandono, como con tan vigorosos trazos nos Pinta San Juan de la Cruz en «La noche oscura del alma» y modernamente A. Besant en su «Noche espiritual», donde hace acertadas consideraciones sobre la acción de las «Potencias de la Noche» que «con una sola de sus ráfagas parecen ahuyentar todos los tesoros espirituales que largos años de prueba e incesante trabajo lograron acumular»‘ . .

Pero, no debe abatirse el candidato, si por ley de su destino hallase en semejante trance. ¡Hay que morir para después resucitar!

Hay que bajar al «sepulcro» o se a «descender a los infiernos» como hicieron simbólicamente los grandes iniciados («Orfeo», ‘ Cristo», etc.), que equivale a descender a estados de conciencia «inferiores» o «infernales», para «resucitar al tercer día de entre los muertos» (según la simbólica frase de las iniciaciones egipcias en su prueba final) y «ascender a los cielos» en definitiva y apoteósica liberación.

Este concepto y no otro encierra la expresión cristiana de «subir al cielo en carne mortal» que es el mismo concepto buddhista del «Upadhisesha» o «nirvana alcanzado en este mundo».  Tras la noche espiritual «se resucita» definitivamente en la conciencia divina.

Al llegar a tal grado de volición, el iniciado ha trascendido sus deseos de vida en mundos de manifestación, y toda inclinación a la vanidad (actos sin fondo) y a la auto-justicia.  Es difícil para el que no ha llegado a este grado, imaginarse un estado de conciencia que haya logrado anular todo pensamiento o todo acto que no lleve una finalidad deliberada que al mismo tiempo haya y superior, y alcanzado esa sublime despreocupación por la vida fenoménica de este mundo, Conde el mal son pura ilusión.

Este primer período de la tercera etapa, también llamado «cuarta iniciación» se corresponde con el grado de «Arhat» o «Arhattva» (absorción en lo divino) de la iniciación brahmánico-budhista y con la etapa de «crucifixión» en los misterios cristianos.  En la iniciación buddhista identificase con el grado de «Abhimukhi» («Vuelto hacia») o de iluminación divina.

b)         Apoteosis o Gran Iniciación

Consiste en la realización espiritual plena, tras la cual se ha trascendido el mal y el dolor.  Estado de perfección al que solamente han llegado en la historia humana, esos genios o «Grandes Iniciados» que han dado a los hombres los altos mensajes del espíritu y las normas de su convivencia; tales como Hermes-Orfeo, Krishna, Moisés, Pitágoras, Buddha, Lao-Tseu, Jesús, San Francisco, Zoroastro y otros.

Todos estos hombres que realizaron lo divino en lo humano, que fueron verdaderas encarnaciones del Verbo divino, que ya no tenían nada que aprender porque fueron esencialmente omniscientes hubieron conseguido la total sublimación de todas las facultades humanas.

  •             En el aspecto consciente, la «abstracción de la Unidad» de todas las cosas; lo que equivale a la desaparición de la «ilusión de separatividad», según aquella frase terminante e insistente de los Vedas, que nos dice: «Ta twan asi»: «tu eres esto».  Añádase todavía la clara conciencia del Plan Universal y el pensamiento indeclinable de colaboración en él.
  •             En el aspecto senciente, el sentimiento de Amor universal y la identificación con la Voluntad cósmica o divina. Este estado de conciencia lleva consigo la perfecta serenidad (cualidad privativa de los espíritus luminosos) y la ausencia de todo temor.

Los Grandes Iniciados han merecido también el calificativo de «Maestros de Compasión” porque renunciaron al disfrute de su “morada espiritual” para sacrificarse por los hombres, hacerse participes de sus dolores y darles un mensaje y un ejemplo de liberación, elevándose a la vida que no tiene fin.

Estos grandes renunciadores, generalmente sacrificados por aquellos a quienes trataron de redimir, fueron la personificación de ese estado de espíritu que ha sido llamado, en el simbolismo filosófico-religioso, Brahma-Nirvanam, Samvriti, Paranirvana, Anupadhiseslia, Apoteosis, Epifanía y Glorificación; siendo Ellos «Hijos de Dios» y «Salvadores» llamémosles genéricamente «Nirmanakayas», «Mahatmas», «Tathagatas», «Buddhas», «Cristos» o «Adeptos».

CONSIDERACIONES Y CONSEJOS FINALES

Terminado este programa de perfección humana, en el que he tratado de hacer una exposición orgánica de ese proceso que llamamos Iniciación, réstame puntualizar distintos aspectos de orden práctico que han de ser útiles al estudiante o iniciando de buena voluntad.

El abrirse el alma a los valores del espíritu no está en nuestro poder en un momento determinado; esto viene solo por la iluminación interna cuando, merced al esfuerzo desinteresado de superación, se ha conseguido determinado grado de «evolución anímica».

El sentimiento de Dios o del aspecto divino del propio «Yo» (Cristo en nosotros) no se puede comunicar por enseñanza; es decir, no se puede iniciar a otro.  La intuición de los valores absolutos se despierta en nosotros solamente por esfuerzo personal o por la «gracia de Dios».  Por esto dijo Cristo: «Aunque soy yo el que da testimonio de Mi, mi testimonio es veraz»; frase que tiene otras frases gemelas en la literatura religiosa, como aquellas de «No hollarás el Sendero mientras no te conviertas en el Sendero mismo» («Luz en el Sendero»), «Nadie sabe lo que es el Gral. como no venga conducido por el Gral. mismo» («Parsifal»), «Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va» (Romance del «Infante Arnaldos»); etc.

A nadie convencen los argumentos para explicar la existencia de lo Divino más que a los ya creyentes.  Todo esto podría llevar al convencimiento de que en materia de iniciación religiosa es inútil buscar un «maestro» haciendo buena la afirmación de Proclo de que «las almas grandes se inician por si solas».  Pero esto no es así de una manera general; y en este, como en otros caminos del conocimiento, la necesidad de una técnica o de un orden, así como la utilidad de la sabia experiencia de otros, exige en la mayor parte de los casos, la dirección de un «maestro», pero con muy especiales condiciones en esta materia.

EL MAESTRO Y EL DISCÍPULO

En el orden espiritual, el Maestro no es un simple expositor de doctrina; o dicho de otro modo, el Maestro no realiza solamente una labor docente.  La característica del magisterio espiritual estriba en que la enseñanza intelectual tiene que ir necesariamente acompañada de la simpatía y del ejemplo.  Hay que vivir, lo que se predica cómo ya he dicho, y vivirlo cordial y bondadosamente. 

Solamente en esta actitud puede surgir el amor admirativo del discípulo, que es la condición sine qua non para que este capte intuitivamente el estado de conciencia del Maestro. (O dicho en términos que viva en su misma «mora, os iniciáticos, parada»).

En el sendero de la iniciación, para educir la conciencia de los valores divinos, tiene más eficacia la intuición subjetiva de una idea que su explicación racional, y esto exige un «trasiego de sentimientos por simpatía penetrativa» (como dijo Gründler») entre el Maestro y el discípulo.  Lo cual, por otra parte, se acrecienta cuando el discípulo convive en plano de humildad y de servicio con el Maestro.

De esta manera véase frecuentemente que, personas sin cultura pero llenas de cualidades morales (humildad, generosidad, buena voluntad…) son capaces de «comprender» y de «sentir» conceptos que jamás hubiesen atisbado por camino racional.

La pedagogía iniciática es esencialmente «educativa», es decir «saca» (o «educe») del discípulo las cualidades y facultades que yacen en su psiquis potencialmente.  Es un «despertar» espiritual que hace buena aquella frase de Platón de que «Aprender es recordar».

Los estados de conciencia o «modos abstractos» de la mente, son (por ser conceptuales) mucho más sólidos y verdaderos que las representaciones concretas de los objetos.  Y la iniciación es la conquista progresiva de «estados de conciencia» cada vez más elevados y no el incremento de la cultura intelectual o erudición.  El iniciado no ha de ser un intelectual sino un inteligente.  Aunque la cultura nunca sea desdeñable y si muy deseable, sobre la firme base de unos pocos conceptos sólidos y verdaderos.

Con lo dicho creo que puede comprenderse bien el sentido que deben tener los conceptos de Maestro y Discípulo en el orden espiritual.

Ahora bien: El acatamiento a las ideas y a la conducta de un Maestro, no equivale a una adhesión pasiva e incondicional que implique la anulación de las propias facultades de pensar y de sentir.  No; todo lo que vaya contra nuestra razón y contra nuestro sentimiento, debe ser objeto de interrogación y análisis, por muy directamente que proceda del ‘ Maestro.  Repitamos que el Maestro es un «educador», pero no un mero instructor; y digamos también que, todo aporte de conocimiento que proceda del Maestro tiene que transformarse en vivencia para que tenga eficacia espiritual en el discípulo.  Hay que ungir las ideas con el calor del sentimiento.

Es por esto por lo que la metafísica religiosa, se ha expuesto más frecuentemente en forma mitológica que filosófica.  La fábula o mito llega más fácilmente a la conciencia de las gentes que el razonamiento lógico; y esto ocurre sencillamente porque el primero va acompañado del factor sentimental. También el arte, que despierta en nosotros «intuiciones estéticas», es un elemento de inapreciable valor para la iniciación. Muchas cosas que no llegan a nuestra conciencia por el camino de la inteligencia racional, si llegan por el camino de la «intuición estética».  La sublimidad de la emoción divina, que muchas veces no puede concebirse por simple descripción literaria, puede lograrse oyendo música religiosa de Haydn, de Haendel, de Bach, de Beethoven o de Wagner.  La comprensión de lo que supone el estado del alma «en el infierno», es más fácil escuchando los preludios de los actos 2 y 3 del «Sigfredo» de Wagner que leyendo las espeluznantes descripciones del Dante.  Una «madona» de Rafael da más idea de la virginidad o «pureza del corazón» que los más elocuentes textos mariolátricos.

En fin: – Los que soñamos con una humanidad mejor, y tenemos fe en que puede conseguirse, siquiera sea entrando por el «angosto camino» y por la «puerta estrecha» que conducen a la salvación, debemos pensar seriamente en todo cuanto queda expuesto y tomar nuestro báculo y comenzar paciente y fervorosamente el ascenso por el «sendero» que conduce a la anhelada cima.

En San Salvador a 9 de Febrero de 1952.