Antes y después de 20 años de hoy…

Fue un día como hoy de hace veinte años cuando tuve el contrato mas firme y largo de los que hasta ahora había tenido; aunque en realidad tampoco puedo decir que tuve muchos en mis recientes 18 años y después de estar nueve meses en el Servicio Militar. Llegar a cumplir esos años tan seguidos en el mismo trabajo tiene sus cosas positivas y sus cosas más aburridas. Pero tengo que decir que de las cosas aburridas también hay que sacar lo mejor. Lo mejor que saco es la experiencia de estar en el mundo, de conocer algunos de los problemas de la clase social que suele frecuentar las calles y otros espacios públicos; porque hay que decir que existen clases sociales que a pesar de vivir con y entre nosotros, lo hacen en un mundo paralelo pero sin que nosotros les hagamos falta.

Recuerdo aquel chaval que se quería comer el mundo, y que pocos años después se dio cuenta de que a pesar de sentirse afortunado por hacer lo que le gustaba, no era lo que buscaba. Así que tras una amarga experiencia con unos compañeros de trabajo que acabaron entrando en prisión, tras algunos expedientes vagos de un sistema absurdo y una gentuza que estaban en el poder por el mero hecho de tener una tarjeta política, pronto aprendí a que no debía conformarme y que tenía que seguir creciendo personalmente y académicamnte; porque era una asignatura pendiente que tuve desde hacía años. Recuerdo que en uno de mis viajes que subí a Madrid para ver a mi amigo Fali, me enseñó donde trabajaba él, y allí había un chico que trabajaba con él, y lo vi estudiando en una mesa solo. Entonces me contó que estaba estudiando enfermería porque no estaba dispuesto a seguir en un trabajo que no le gustaba. ¡Me hizo pensar! Y entonces decidí formarme fuera de mi entorno laboral (no llevaba ni un solo apunte al trabajo y tan solo cuatro compañeros sabían que estaba estudiando en la ciudad de Málaga), y cumplir un pellizco que tenía desde hacía años y que, tras muchas lecturas en el escritorio de mi habitación, tenía la suficiente motivación para dar un nuevo salto. Y así estuve durante más de diez años hasta que hace unos pocos decidí que no debía seguir «perdiendo» el tiempo mientras acumulaba títulos y cursos. ¡Ya era hora de hacer cosas distintas! En los últimos años (hace bastante) confirmé lo que ya sabía en los primeros años; no llegaría a ninguna parte profesionalmente porque el mundo y la Administración tiene un funcionamiento distinto. Es decir, no necesita gente cualificada, con criterios y sentido común; quizás a largo plazo para ellos sería un estorbo, como una vez me dijo un buen amigo. ¡Y razón tenía! El perfil es otro y yo juego en otro tablero.

Pero durante estos veinte años destaco muchas otras cosas, como es la cantidad de cosas que he hecho al tener un trabajo que me permite tener «derechos», algo que muchas personas, lamentablemente, no lo saben. Y así pude estudiar en la Universidad de Málaga, obtener una BECA Iberoamericana en la Universidad de Cayey, Puerto Rico, estudiar en la Universidad de Sevilla y seguir con un máster por la UNED. Además, he hecho más de 200 cursos de formación presencial y on-line (que requiere algunas horitas sentado delante del ordenador en alguno de ellos), y muchas otras cosas desde la perspectiva académica, como publicar más de cien artículos, entre los que destaco seis de un valor considerable, también sido tutor y ponente en cursos y jornadas. Así que me considero que he aprovechado el tiempo y he hecho mis deberes, como se suele decir. ¡Me sentía capaz de tomar el mango de la sartén! Ahora ya no quiero eso.

Me gusta recordar estas cosas y otras, porque me han pasado muchas mas cosas en este tiempo. Como la cantidad de personas que he conocido, algunos compañeros, hoy amigos míos. De mirar atrás y verme con actitud chulesca y verme hoy día frente a un espejo y no reconocerme. Quizás el tiempo nos hace aprender, pero también nos hace conocernos, y yo cada día me conozco un poco más. He tenido experiencias únicas que aunque las vuelva a revivir, ya no serían las mismas. He conocido tres Administraciones Locales distintas: La Línea, Los Barrios y Algeciras. Eso también es una experiencia que te hace crecer como persona, pero también te hace aprender mucho sobre el funcionamiento de tu trabajo y cuál es el objetivo del sistema. También un sindicato me dio la oportunidad de conocer, aunque sea de pasada, los problema de muchas personas, ya no solo trabajadores. Y es cuando te das cuenta de que el trabajo debería convertirse en un lugar cómodo, y no en un sitio hostil, al menos con tus compañeros y los que solemos designar responsables, pero que no dejan de ser personas como tú o como yo.

Pero a pesar de ser un joven algo temerario, en términos de valentía, siempre he tenido cosas claras, y a día de hoy sigo manteniéndolo. Como es mi lealtad ante seguir en mi línea de ser yo; a pesar de que he tenido expedientes que me expulsaban de mi trabajo, de la noche a la mañana ya abiertos y sin pedir explicaciones. Esa parte «amarga», pero necesaria como los malos momentos que nos hacen aprender en esta vida, me han hecho odiar de muchas formas, pero a la vez me ha hecho ser muy fuerte. Tanto, que no le tengo miedo a muchas cosas; aunque no pierdo el respeto y la educación porque al fin y al cabo no deja de ser un teatro, donde cambias de disfraz y cambias de actor. Y es así porque también he vivido momentos fatídicos con otros compañeros, que han sido reconocidos públicamente tras su pérdida en accidentes u otras causas, pero que ves que todo sigue y nada cambia, ni siquiera lo hacen quienes tienen el poder de cambiar las cosas para que no ocurra más. También he visto amigos (ya no solo compañeros, que también), cómo entraban a prisión, como con uno de ellos me tomaba un café por la mañana y por la noche dormía en una prisión sevillana. A otro amigo lo he visto dentro, y he observado como una línea de losetas del suelo, separaba mi libertad y la suya, privándola a la hora de despedirme. Ahí era un número más pero sin la libertad que yo gozaba en ese momento, las normas era parte de ese «pase» a la libertad. Es curioso ver cómo lo ves en la calle realizando sus funciones, y cómo pasa a ser un número sin identificar. Pero hay algo que merece la pena, como es apoyarlo sin juzgarlo, visitarlo porque lo echas de menos y, lo mejor, recogerlo para llevarlo a casa. En ese momento es cuando me siento como un piloto de avión (un sueño despierto que me gusta tener) que trae a casa a sus compatriotas después de una tragedia o para unir a familias o amigos. Ahí te das cuenta que merece la pena vivir muchas cosas y tener paciencia porque todo llega y todo termina. Pero durante esa paciencia hay que vivir y hacerlo de la mejor forma posible. Dentro observé el amor de una madre por su hijo, privado de su libertad. Como ese «amor de madre», un tatuaje que se suelen hacer muchas personas que han estado dentro de la prisión, y que han tenido el tiempo suficiente para darse cuenta de que cuando los demás se han ido, tu madre sigue esperándote, te llora y te perdona una y mil veces. También he visto ese tipo de madre sufriendo entre lágrimas. Por lo tanto, lo puedo contar porque lo he visto.

También he visto por primera vez en mi vida, a gente morir involuntariamente, familiares que llamaban desesperados porque en una cama no respondía su ser querido y, mientras llegaba la ambulancia, yo había llegado primero. Pero lo peor, cuando ves a personas que lo han hecho de forma voluntaria, atadas a un árbol, en accidentes de tráfico, de muchas maneras. Personas que con sus circunstancias no han sabido o no han podido darle una respuesta a esos pensamientos. En mi visualización imaginaria, he visto desde mayores hasta niños de cinco años. Y te das cuenta de que la vida sigue, la tierra sigue su recorrido, la sociedad sigue su rumbo y la naturaleza sigue curso. Al final eres tú quien debes de quererte a ti mismo, y no esperar que lo haga un sistema social que a penas tiene dos mil años después de J.C. Todavía falta mucho humanismo, todavía necesitamos unos cuantos de miles de años más, desde la perspectiva antropológica que me puedo permitir el derecho de decirlo así. He conocido a personas sin techos, a los que incluso ayudándoles, no eran conscientes de sus vidas, pero otros sí. Esos están ahí y saben quién eres, y son los mas agradecidos.

Me quedo con muchos mensajes, pero sobre todo con este que ha sido el que he querido compartir con mi familia: «hoy hago veinte años en mi trabajo. Veinte años que miro atrás y veo muchísimas cosas que me han pasado, pero que he vivido; la mayoría buenas. Pero de todas he aprendido mucho sobre la vida. Me di cuenta que nunca supe lo que era el fracaso aunque no ascendiera ni tuviera medallas, porque tampoco nunca me lo plantee. Me quedo con las palabras que un día me dijo papá (maestro único de la vida), mientras estirábamos en la pared de las pistas de atletismo: «Hazte funcionario, y entonces tendrás tiempo libre y sueldo fijo para hacer lo que quieras después». ¡Aquí estoy!

También hay más que agradecer que enfurecer, porque ha habido muchas personas que me han ayudado mucho sin darse cuenta. A ellas, y en especial a una de ellas, siempre le agradezco toda su confianza en mí. Y si hay algo inmaterial que se le puede dar a una persona, eso mismo le doy yo. ¡Un brindis por hacer feliz a una persona, que quizás no sea yo! E incluso como siempre digo de una frase que leí hace años: «incluso los malos momentos son necesarios para aprender», para mí también lo ha sido con todas las cosas que me han pasado y no me han gustado que me pasara. Pero en realidad han sido necesarias que me sucedieran para aprender, y cómo decía Camilo José Cela, que también leí en un libro: «larga vida para mis enemigos, para que así puedan contemplar mis victorias». Y aunque no merece la pena extenderse más sobre esos ruines, sí que lo he hecho porque ha habido momentos que no todo el mundo vive en su trabajo. ¡Yo lo llamo experiencia!

Durante mis veinte años de trabajo continuo y ahora sentado en mi lado del sofá, de forma tranquila y satisfecha por llegar hasta donde he llegado en vida; ya que hay personas que tristemente no han podido contar estas líneas o, no hacerlo con las ganas de escribir y placer con las que las escribo yo. Sigo mirando atrás, mirando a ese chaval que disfrutaba haciendo lo que hacía, incluso madrugando o trasnochando dándole una pincelada especial a las noches, ya sean buenas o malas. Como muchos levantes fuertes, cuando paraba el coche en la Torre y caminaba hasta la orilla del mar para sentir las fuertes y grandes olas romper en la tierra, de cómo el viento me hacía cerrar los ojos del frío que hacía, y como sentía las noches deseando muchas veces que no amaneciera, porque se me hacían cortas, y que con el tiempo, ya no solo deseaba que amaneciera antes, sino dormir en mi cama una y cada noche.

Y así va cambiando mi vida con el paso del tiempo y con el cumplir de los años de vida. Todo cambia, nada es perpetúo en la naturaleza. También he aprendido muy bien esta parte de la vida, en el que cada uno tiene que aprender a su forma y a veces incluso a su ritmo, aunque en mi caso soy muy impaciente para ciertas cosas. Y si antes lo había sido en mi trabajo, ahora no lo soy.

Esta reflexión (BS0 The Dark Knight) para mí se hace necesaria por distintos motivos. Pero sobre todo, porque si antes no fue así, ahora soy el protagonista de mi vida en este sentido. Y aunque empecé diciendo que había momentos aburridos, sigo manteniendo ese criterio porque he pensado muchas veces en cambiar de trabajo, y de hecho no me importaría hacerlo con unas condiciones dignas. Pero en estos momentos, sigo aquí…

Y como decía Levi-Strauss: «Las órdenes son seguir avanzando».